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Renacer en la Ciudad Eterna: Testimonio de una Semana Santa Inolvidable en el Año Jubilar

A veces, los viajes que no se planean son los que terminan marcándonos para siempre. Este fue el caso de mi travesía a Roma durante la Semana Santa, una experiencia espiritual que nació de una necesidad interior: renovarme como persona y reencontrarme con mi fe en el marco del Año Jubilar, un tiempo de gracia que la Iglesia nos invita a vivir con devoción, reflexión y esperanza.

Lo que empezó como una inquietud del alma, se transformó rápidamente en una vivencia trascendental. Mi llegada a Roma coincidió con la semana del 16 al 21 de abril. Desde el primer momento, sentí que no estaba solo en este camino. Fui recibido con afecto y calidez por Monseñor Jean-Marie Gervais, Prefetto Coadiutore del Capítulo de la Basílica Papal de San Pedro, quien no solo me brindó apoyo durante mi estancia, sino que compartió conmigo momentos profundamente significativos. Nuestras conversaciones y la cena que compartimos me inspiraron a vivir esta Semana Santa con un corazón abierto, agradecido y lleno de fe.

El Miércoles Santo inició con un encuentro muy especial: tuve el honor de asistir a la inauguración de la restauración de una fuente emblemática en la Plaza de España, presidida por el Alcalde de Roma, Roberto Gualtieri. Aproveché la ocasión para expresarle mis felicitaciones y buenos deseos en este tiempo jubilar que la Ciudad Eterna celebra con tanto fervor. Ese mismo día, asistí a la Santa Misa en la iglesia Santa Maria Annunciata, donde Monseñor Jean-Marie celebró con profunda solemnidad y cercanía.

El Jueves Santo fue, sin duda, uno de los días más intensos de esta peregrinación. Por segunda vez desde mi primer viaje en 2023, volví a recorrer con ojos de asombro los tesoros históricos de Roma: el Coliseo, la Fontana di Trevi, el Panteón, el casco antiguo y el Foro Romano. La riqueza cultural se entrelazó con la espiritualidad de la jornada, especialmente al caer la tarde, cuando tuve la dicha de acceder a la Puerta Santa en el Vaticano, no una, sino dos veces. Cruzar ese umbral sagrado fue adentrarme en el misterio de la fe, aceptando la invitación del Papa Francisco a vivir este Jubileo con intensidad interior.

La experiencia culminó con la celebración de la Misa del Jueves Santo en la Basílica de San Pedro. Aquella ceremonia fue indescriptible: la belleza arquitectónica del Vaticano, el sonido angelical del coro y la energía espiritual del lugar me envolvieron en un ambiente de profunda contemplación. Sentí que estaba viviendo uno de los momentos más significativos de mi vida.

El Viernes Santo me aguardaba con otra sorpresa del destino. Me reencontré con una compañera polaca a quien conocí en diciembre de 2021, durante mi primer viaje por Europa. Juntos emprendimos una ruta hacia Pisa y Florencia, ciudades llenas de arte, belleza natural y patrimonio espiritual. Fue una jornada de conexión, no solo con el entorno, sino también con los lazos que Dios pone en nuestro camino como señales de su presencia.

El Sábado Santo fue día de silencio, oración y reflexión. Visitamos varias puertas jubilares en Roma, pero la joya del día fue la visita a la Basílica de Santa María la Mayor. Allí, tuvimos la bendición de recibir el sacramento de la confesión y orar con recogimiento. Saber que esta será la futura morada del Papa Francisco nos llenó de una emoción indescriptible. Más tarde, continuamos explorando Roma, una ciudad que nunca deja de revelarnos nuevos tesoros, tanto materiales como espirituales.

Y entonces llegó el Domingo de Pascua. La Plaza de San Pedro vibraba con la presencia de más de 50 mil fieles de todo el mundo. La Santa Misa de Resurrección, presidida por el Papa Francisco, fue un momento de júbilo, emoción y esperanza. Pese a su delicado estado de salud, el Santo Padre nos regaló unas palabras llenas de luz y, lo más conmovedor, impartió la bendición Urbi et Orbi, saludando a los peregrinos desde el papamóvil. Verlo tan cerca, sentir su presencia, su fuerza interior, fue experimentar una paz total. En ese momento entendí el verdadero sentido de la Pascua y su promesa de vida nueva.

Pero el lunes, la alegría se tornó en tristeza. De forma inesperada, recibí la dolorosa noticia del fallecimiento del Papa Francisco. Fue un impacto difícil de procesar. Sin embargo, el haber tenido la gracia de verlo y recibir su bendición final se convirtió en un regalo que atesoraré por siempre. Participé del Rosario en su memoria y, al salir del Vaticano, fui entrevistado por Vatican News y RTVE, donde compartí mi testimonio sobre esta intensa y conmovedora experiencia de fe.

Esta Semana Santa fue más que un viaje: fue una peregrinación del alma, una travesía que me permitió renovar mi espíritu, honrar mis raíces de fe —heredadas desde niño por mi madre— y abrazar con esperanza el camino cristiano. No fue solo un encuentro con monumentos y liturgias; fue, sobre todo, un reencuentro conmigo mismo y con Dios.

Quiero cerrar este testimonio con uno de los mensajes más poderosos que el Papa Francisco ha dirigido a los jóvenes, y que hoy resuena en mi corazón con más fuerza que nunca:

“Cada uno a veces sueña cosas que nunca van a suceder, soñalas, desealas, busca horizontes, abrite… soñá que el mundo con vos puede ser distinto… Sueñen y cuenten sus sueños, hablen de las cosas grandes que desean. Porque cuanto más grande es la capacidad de soñar, y la vida te deja a mitad del camino, más camino has recorrido.”

Gracias, Roma. Gracias, Santo Padre. Gracias, Señor, por permitirme vivir una Semana Santa que guardaré eternamente en mi corazon.

Por Diego Corthorn, Representante y Embajador de Tota Pulchra en Perú

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